Acindar

ACINDAR: EL BARRIO QUE CRECIÓ BAJO UN GRAN TANQUE Y EL HUMO DE CHIMENEAS

Preservar y recordar el pasado es una forma de construir el futuro. Y los vecinos de barrio Acindar parecen tenerlo muy en claro. Por eso los proyectos municipales de rescatar tanto las chimeneas de la poderosa acería que funcionó entre mediados de la década del 40 y mediados de la del 80, como el emblemático tanque de agua de la populosa barriada de la zona sur para convertirlos en hitos urbanos son prioridad para ellos.

Pero más allá de los proyectos de iluminar las torres y realizar un espacio público para todos los rosarinos, la permanentemente reinventada historia de la fábrica Acindar tiene algunas características que los propios ex obreros de la fábrica decidieron evocar en una charla con La Capital.

Radamés Grillé tiene 83 años, hace 54 que vive en el barrio y trabajó 32 en la fábrica. “Yo fui el último obrero que se fue. Ingresé en 1957 como instrumentista. Me jubilé en 1988, cuando ya la planta había sido trasladada a Villa Constitución y nadie sabía que me había quedado solo junto al guardia de seguridad. Me mandaban el sueldo en taxi. Un día no lo enviaron más y me tuve que arrimar a Villa. Allí fue a hablar con el jefe de personal para decirle de mi situación”, relata.

Los inicios. La fábrica comenzó a funcionar en la década del 40, cuando la necesidad de producir acero generó la aparición de un gigante liderado por la familia Acevedo, que con los años terminaría estableciéndose en Villa Constitución. En 1949 se funda la cooperativa y con unos terrenos cedidos por Eva Perón comienza a construirse el barrio (inaugurado en 1957), que en principio tuvo 249 casas distribuidas en 8 manzanas.

Herminio Cornaglia canta 81 de edad e ingresó el 13 de enero de 1953. Trabajó hasta el 85. Se desempeñó como balancero de acería. “Llenábamos las planillas de los materiales que se iban a fundir”, explica y recuerda que entró en la época en que la fábrica estaba en pleno auge. “Había cerca de 1.300 obreros. Después me pasaron a contaduría y estaba a cargo de control de producción. Más tarde pedí pasar a fábrica, a expedición. Ahí estuve dos años hasta que me jubilé como supervisor de laminación”, detalla.

“Acindar fue nuestra madre patria”, dice orgulloso. “Sabe lo que pasa, había otra relación vecinal, porque trabajábamos y vivíamos todos juntos, era propiamente una familia. Y la fábrica se ocupó mucho del barrio”.

Con sus 80 años muy bien puestos, Juan Carlos Muzzolón es un vecino muy reconocido. Dice que el próximo 5 de septiembre cumplirá 53 años viviendo en el barrio. Y se emociona cuando recuerda su paso por la acería: “Le estamos muy agradecidos a Acindar, no conocí una cosa igual. Entré como peón de patio y llegué a ser inspector de calidad. Pero aparte de la relación humana, estaban los beneficios para nuestros hijos: como las colonias de vacaciones en Mar del Plata, Córdoba y Bariloche. Todo gratis. Y además eran tradicionales las fiestas de reyes. ¡Y qué regalos había!, trenes eléctricos, pelotas y muñecas”.

Muzzolón también recuerda que el barrio nació por la fábrica. “Pero hay gente que cree que a nosotros nos regalaron las casas. Y no fue así. Nosotros religiosamente pagamos un crédito al Banco Hipotecario y nos quedamos con las propiedades”, aclara.

El compañerismo. Los tres jubilados evocan con afecto no sólo a sus compañeros, sino a buena parte de los jerárquicos. “Los jefes venían a comer asado con nosotros. Incluso teníamos un jefe de personal, Manuel Robledo, que era un caballero. Usaba ropa sport y unos zapatos marrones que si usted se miraba en ellos hasta podía peinarse. Era un hombre muy educado, al que le pusimos de sobrenombre «El vistoso»”.

También resaltan que la fábrica funcionaba a full las 24 horas y que los salarios eran más que interesantes. “Había 4 turnos de ocho horas cada uno. Hay muchos que se espantan cuando nosotros hacemos la relación de lo que ganábamos entonces. Llegamos a trabajar los feriados hasta al 400 %”, recuerda Cornaglia.

Eran otras épocas. Tiempos en los que avenida Francia no estaba abierta y había que caminar hasta Ovidio Lagos para tomar el tranvía 26. El humo de las chimeneas era parte de la postal del paisaje rodeado de quintas. Hoy, esas chimeneas buscan ser recordadas. “Se me caen las lágrimas cuando las veo. Me produce una gran nostalgia. El hecho de que quieran recuperarlas es algo bueno”, detalla Grillé emocionado. Muzzolón y Cornaglia asienten.

La competencia con otras empresas, la imposibilidad de expandirse físicamente y las posteriores crisis económicas fueron impedimentos que motivaron el traslado de la fábrica a Villa Constitución. “Había un dato claro. Acá en un turno se laminaban 180 mil kilos de hierro de una pulgada para construcción y en Villa se hacían 600 mil. Acá entraban las palanquillas de 2,14 metros y allá entraban de 14 metros. Había diferencias”, rememora Cornaglia.

Así, las chimeneas se apagaron y hoy un proyecto plantea volver a darles relevancia. El barrio se ilusiona, y los más viejos no hace más que emocionarse.

Un gigante de cemento como eje de la historia

El tanque ubicado en la intersección de Huemul y Mosconi significó algo más que el sistema de distribución de agua que se utilizó en los inicios del barrio Acindar. “Es un espacio cultural y social que trascendió su arquitectura”, detalla Daniel Martínez, el secretario general de la vecinal. Hoy, un proyecto de la concejala socialista Viviana Foresi pretende declarar a la torre patrimonio histórico cultural y arquitectónico de la ciudad. “Queremos aprovechar esta oportunidad no sólo para nosotros, sino para todos los vecinos”, agrega.

Fueron también los vecinos quienes, a través de relatos y anécdotas, intentaron reconstruir la historia de un ícono social de la zona sudoeste de Rosario.

Yolanda Dávila, Yoli para todos, fue la primera comerciante que tuvo el barrio distribuyendo huevos y pastas. “Cuando vinimos al barrio teníamos pavimento y luz. Hasta que llegó el agua corriente, el tanque era el que proveía al barrio. Eso fue desde el 57 hasta el 70 seguro. En la primera época funcionaba la vecinal y había una comisión juvenil. La fábrica nos cedió un equipo de radio y música y nosotros nos encargábamos de eso, aunque había algunos operarios a quienes molestábamos con tanto ruido entonces debimos reducir las emisiones”.

Stella Vega, cuyo padre fue el primer presidente de la vecinal, acota que “todas las tardes emitíamos programas con noticias del barrio, los cumpleaños, casamientos, fallecimientos”.

“El tanque cumplió en distintas épocas diferentes funciones. Fue un espacio cultural y social muy importante, ya que allí funcionó la primera biblioteca y trabajó la primera vecinal. Hoy funciona el centro de jubilados y parte de la vecinal. Por eso para quienes nos criamos acá, es el símbolo de todo el barrio, más que las chimeneas de la fábrica. Si vos citabas a alguien que tenía que visitarte le decías, «te bajás en el tanque». Era y es el punto de encuentro de varias generaciones”.

En el tanque, por los años 60 funcionó un destacamento policial y allí también se instaló el primer teléfono público del barrio y funcionó el primer y único quiosco. “Había una casita con el mismo estilo colonial de todas las casas y lo atendía don Garay”, se entremezclan las voces, a las que se suman otros dos vecinos, Humberto y Marita. También fue el final del recorrido de la ex línea 53.

Recuerdos. Las fechas se confunden y la charla avanza. “Acá había un dispensario y un centro de vacunación. Eso fue hace unos 10 años. Primero se instalaron unos enfermeros y después se convirtió en un centro de atención primaria”, detallan.

También la pared del tanque que da a calle Huemul (hacia el norte) sirvió en la década del 60 para instalar un lienzo en el cual se proyectaban películas para los vecinos, quienes se ubicaban sobre esa arteria.

“Al tanque no se le dio la importancia que merecía, quizás porque no nos costó ganarlo. Hoy a la distancia nos damos cuenta. Porque la biblioteca podría haber seguido, al igual que las transmisiones de radio”, resume Yoli sobre un gigante de cemento que intenta levantarse nuevamente y resplandecer como en su mejor época.